LA PROSCRIPCIÓN A UN IORIO QUE CUMPLE SU DESTINO

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Mediante un escueto comunicado, la organización del remake del ya tristemente célebre B.A. Rock informó que el inminente festival no va a contar con la presencia de Ricardo Iorio. Escueto -y estúpido-, si, pero no por eso poco alarmante. Saca a relucir un problema de unas cuantas aristas de análisis que como rockeros barra metaleros no se puede dejar pasar o hacer la vista gorda.

Denota una realidad: el accionar de pequeños grupos que se arrojan la inconsulta representación de una supuesta e inorgánica mayoría y que presionan en pos de una estrategia política . Hoy estos “colectivos”, disfrazados de ONGs, que operan en muchos ambientes de lo social, también lo hacen en el mundo del rock, logrando proscribir un artista por sus ideas políticas. ¿Quiénes son estas ONGs en cuestión? ¿Por qué se mantienen en el anonimato? ¿Por qué hay que “resguardar” al cantante de estas? ¿De dónde proviene este poder de lobby? Las respuestas son un secreto a voces.

Por eso perdí amigos y me gané el desprecio de los muchos jodidos que hay en mi suelo.

Todo esto sucede bajo la cobarde y rapiña mirada del empresariado del rock local, que históricamente no ha escatimado recursos en intentar moldear una contracultura de góndola de hipermercado, utilitarista, que sólo sirva para facturar. Y para que este producto sea de catálogo de ofertas, el inversor debe estar alineado con la corrección política del régimen vigente.

Mientras reía el comerciante informador, que desprestigia siempre lo que el criollo siente.

La corrección política, celosamente cuidada por la policía del pensamiento, responde a paradigmas del actual progresismo 2.0. De Instragram, Facebook y ciento cuarenta caracteres. Made in China: berreta, barato. Y asedia a los que verdaderamente ponen en riesgo el régimen impuesto. No rechaza a aquel que propuso “escuadrones de la muerte para los ladrones” (de hecho, las productoras se pelean por su caché para que telonee su show internacional). Castiga al que puede hacer temblar las bases con sus decires. Castiga al que pueda generar conciencia en gente con mucho potencial. Castiga al que se ganó sus credenciales siempre siendo realmente contestatario y contracultural -hoy más que nunca, claro-. Al fin y al cabo, “todo aquello que despierte conciencia será prohibido”, vislumbró el trovador.

Razón es gran motivo. Verdad es soledad. Los buitres enemigos, un castigo que he ganado. Y no lamento.

Las cosas no han cambiado mucho desde 1982. Los intereses de las partes parecen ser los mismos. Por un lado, el afán de lucro disfrazando de rock lo que está muy lejos de serlo. El billete estuvo y está bailando. Y por otro, un estilo de vida donde la Verdad, y su propagación haciendo lo que mejor se sabe hacer, ocupa un lugar muy por encima de una cuenta bancaria con muchos ceros. Es hora de que el rock saque a relucir sus anticuerpos y demuestre de qué lado está. Como hizo en su momento Ciro Pertussi o como lo acaba de hacer el “Tano” Marciello, demostrando de qué están hechos. Y al público le debería caber el sayo de respaldar las presentaciones en vivo, como ya lo hizo masivamente en el Taragüí Rock y las sucesivas fechas.

Yo estoy clavando mi talón, pues no soy carne para salchichas. Sé que mucha gente linda dirá que me saltó la ficha.

A aquellos que con una mano levantan la bandera de la libertad de expresión y con la otra manotean la Bic para tachar el nombre de Ricardo Iorio, tal vez sea el momento de gritarles el preámbulo de la constitución que transformó al heavy metal autóctono en metal pesao argento:

Y los hippies que se mueran.